25-may-2009

El Beso

Hoy me siento fuerte
lleno de coraje
con el pecho inflado de un valor desconocido.

Revive lejana,
En la memoria
la antigua fotografía:
bajo una farola,
el paseo enmarmolado,
calado de eucaliptos y praderillas artificiales;
El Beso,
lento,
bello,
auténtico
primerizo.

Después el tiempo:
tedio y fantasmal tránsito de una vida simple como ésta
que todo lo vuelve ridículamente sepia

Pero hoy veo de nuevo una luz
Una farola
un paseo calado de imágenes;
percusiona resortes
hasta hoy desconocidos.

Camino de nuevo las calles.

11-may-2009

Lilith II

Me dije a mí mismo que una acera traicionera nos encontraría en alguna ocasión.
Que me bajaría unas birritas en un garito, a ser posible de lo más cutre de la ciudad y que tal vez me descojonaría de alguna traviesa discípula de Lilith vestida de underword.
Días después el destino quiso que, al atravesar un semáforo en rojo, esquivando a un mariquilla al volante de un mini cooper de color amarillo canario, tropezara con el bordillo y dejara una nítida mancha de sangre en la cristalera de la tienda de abalorios que tenía enfrente. En realidad no había sido más que un pequeño desgarrón en la muñeca con una chapa de cerveza al caer al suelo. Al levantarme, apoyando la mano en el escaparate, una mujercita gritó exageradamente al ver la mancha de sangre en el cristal. Saqué un pañuelo de papel usado y tapé la herida enajenando la mirada a propósito y tambaleándome como si me hubieran apuñalado, ante la desencajada mirada de terror de la mujercita, que ya echaba mano de su móvil, imagino que para llamar al 112. Unos metros más allá encontré un bar. Pedí una birrita y fui a lavarme al wc. Curioso que señalara el de caballeros con un tornillo barraquero. Me tragué la cerveza de una tacada y pedí otra. Y después una tercera. Aproveché que el camareta se metía en la cocina a trajinar alguna tapa y me hice un sinpa.
Creo que salió detrás de mí reclamando lo que en justicia le debía pero me dio igual. Corrí hasta que sentí los latidos del corazón en los oídos y la espuma de cerveza en la punta de la lengua.
Me senté un rato en el borde de un escaparate de productos de belleza. Miraba pasar por delante coches y más coches, sin pensar nada en concreto. Estaba aturdido, la cerveza me subió a la cabeza de repente y las luces de los coches, de los semáforos, las farolas, el escaparate. Joder, tenía la sensación de estar en un gigantesco fotomatón. Oferta seis fotos de carnet y dos de cartera por ocho cincuenta. No te jode las ofertas.
Algo atravesó mi campo visual en ese momento. Una figura oscura, vaporosa quizá. No podía concretar de modo que moví la cabeza en esa dirección. Enfoqué con rapidez el abrigo tres cuartos de pichiglás negro que ondeaba rítmico al paso de una grácil ave nocturna. Decidí seguirla. Había llamado mi atención. Porqué no iba ha hacerlo. Cuatro calles arriba entró por una callejuela enmohecida y dos bocacalles más tarde abrió una puerta y desapareció.
Sobre la puerta una triste bombilla pintada de negro. La luz salía por la rayadura que la intemperie había trazado. Bajo la bombilla, un cartel de madera también negra y letras lucida calligraphy anunciaba: Black Barbarian.
Entré y el intenso olor a hachís petroleado me revolvió las tripas.
Aún así me acerqué a la barra y pedí otra birrita, un tercio de Miau, por favor. La reconocí al instante. Era el ave nocturna que andaba buscando. Me miraba con los ojos divertidos y un mohín en los labios amoratados, ¿qué se te ha perdido aquí? Quería decir su expresión.
-Tú, dije en voz alta.
-¿Qué? Respondió.
-No te llamaba.
-¿Entonces?
-Que eres tú lo que me ha perdido aquí. Me sostuvo la mirada por un minuto al menos. --Debes de ser un bicho raro ¿No?
-No lo creo. Te estaba buscando desde hace unos días. No sabía como eras pero ahora estoy seguro de que eres tú.
-¿A sí? ¿Y quién soy yo?
-Lilith, repuse a secas y me tragé medio tercio de una sentada.
Sostuvo de nuevo sus ojos azul marino sobre los míos como si quisiera escanearme el cerebro o algo así. Fue a servir un cachi a un par de rapacines que no pasarían de los quince años, como piojos de fumar canutos, y al barbudo que agonizaba en la barra le sirvió un whisky. Le dijo algo al oído que desde mi sitio no pude entender.
Después se volvió a acercar.
-No le tengo miedo a los locos. Sé defenderme, así que entérate de una cosa, si te sobras con migo te rebano el pescuezo con mi lima de uñas.
-Vale, acepté. ¿Cuándo sales de este tugurio?
-Dentro de seis horas.
-Bien, vendré a buscarte.
Y salí. Tuve la intención de plantarle un muerdo en condiciones, así como los de las pelis yanquis, pero algo me detuvo.
Pensé que una lima de uñas debe dejar una cicatriz muy fea.

31-mar-2009

perdidos durante un rato

Cruzamos la barriada a duras penas iluminada por una farola aquí, un colgajo brillante allá, algún que otro neón pistacho y chicle fresa ácida con mango.
Había llovido y, a estas alturas del año, noche veraniega, el calor del asfalto no se había apagado con el agua caída. El vapor resultaba algo molesto. Boqueábamos como un pez fuera del agua, o como si quisiéramos dar un mordisco a los suculentos neones que temblaban sobre nuestras cabezas.
Caminábamos sin prestar demasiada atención al paisaje nocturno de aquel barrio. Lo importante era caminar, desentumecer las piernas después de doce puñeteras horas en pié tras la parada de gominolas para la que me había contratado un bajito, gordo y huraño sacacuartos. De vez en cuando echábamos un trago, y p’a delante sin prisas, que mañana será otro día.

Nelson hablaba sin parar.
Nelson era uno de esos tipos que siempre te rompe los esquemas. Se dice de los argentinos que hablan despacio, cadenciosos, con un eterno acento de tango. Y un carajo. Nelson habla rápido. Demasiado para mí. Con él me pierdo entre tanto vite, pibe el boludo de Carlos como se las apañó, y cosas por el estilo.
Es buen chaval, de esos que conoces en la calle, bregando contra el viento, la lluvia, el calor y lo que te echen, con tal de llevar lo justo a la cazuela de sus tres hijos. Un tipo leal. Cuando le conocí estábamos de feria en la costa. Nos habían metido en un parque ruinoso, en mitad de un barrio por donde no pasaba ni dios. La organización nos había zumbado ciento cincuenta eurazos por parada y para rematar la faena nos cayó, en menos de media hora, el diluvio universal, con barcaza y todo. A Nelson se le hizo una bolsa de agua en el toldo de por lo menos veinte litros, pero ahí estaba el pibe, con sus chancletas de playa llenas de barro que no se le veían los pies, rascando las chapas de la crepería que había pillado para esa feria.
A mi lado habían colocado a un listillo de esos que te encuentras por ahí, capullos los hay en cualquier parte, y me dice, oye, por qué no le regalas una pastilla de jabón al suda este, mira cómo lleva los pies el marrano, ¡es denigrante! Pensé que denigrante era que estuviéramos todos enfangados en un parquechuelo de mala muerte como aquel. Me quedé mirando al capullo que se hacía llamar “ángel de plata” y vendía baratijas con forma de vírgenes y ángeles y cristos, todos de plata dudosa. Apoyaba su codo entre una bolsa con peladura de pipas y un montoncito de mondas de naranja y sus pies sobre una alfombra de latas de cerveza vacías. No pude por menos que mandarle a tomar por culo, coño, y lo dices tú que estás sentado sobre un montón de mierda.
Se lo tomó a mal y por poco llegamos a las manos, pero al final pasé y tuve que aguantarle el resto de la feria como a una mosca cojonera.
Nelson se coscó del episodio y se acercó a mi parada, me trajo una crepe de aguacate con tomate y una cerveza. -Aquí tienes che, y a tu salud, compadre-. Me sentó como dios aquel bocado y esa misma noche, al cierre de la feria, nos cogimos una buena curda junto al James, inglesito metido a titiritero y el Tíber, holandés de cuna y acento y de oficio rascapiedra.

Después de esa coincidimos en más saraos medievos, renacentistas y astronáuticos.
Y allí estábamos, en otra plaza a defender, buscando el garito que nos recomendó el txalapartari, que al final de la tarde ya no sabía si seguir bateando la tabla con los palos o con la cabeza.
Iba Nelson descojonándose el solo de no sé que vaina cuando nos encontramos con Habed, argelino mujeriego y poco religioso para lo que nosotros entendemos. Este había llegado en una patera hacía ya seis años y ni tenía papeles ni falta que le hacían, decía a veces, cuando se le cruzaba la mosca de carril. Vendía té verde y pastas, y le iba bien.
Y estuvimos perdidos un rato, caminando sin prestar demasiada atención al paisaje nocturno de aquel barrio. Echando tragos de mi petaca de orujo con guindas, echando litros a la jornada. Sin prisa que, al fin y al cabo, mañana será otro día.